| La confrontación |
| Escrito por Aníbal Faccendini |
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Por Aníbal Faccendini (*)
En el siglo V, San Agustín de Hipona en "De Civitate Dei" señalaba que el deseo y la alegría hacen a la voluntad conforme con las cosas que queremos: cuando nos conformamos con las cosas que queremos, estaríamos en presencia del deseo, mientras que cuando gozamos de ellas estaríamos ante la alegría. En la provincia de Santa Fe hay aproximadamente un millón de personas que no acceden integralmente a agua apta para el consumo. Nos preguntamos ante este grave problema estructural de más de 30 años cuál es el deseo de nuestra comunidad, qué queremos hacer frente al problema de muchos de nuestros conciudadanos. Sería una gran alegría solucionar este problema. ¿Ese es el deseo prioritario de nuestra sociedad? Creemos que sí, pero cuando la escasez social del agua se prolonga en el tiempo los deseos se diluyen en el desencanto y se naturalizan peligrosamente.
San Agustín ha sido citado muchas veces por Zygmunt Bauman, pues el querer y el deseo que señalábamos antes seguramente tienen que ver respecto a si una comunidad homologa o no la normalización de un problema agudo al que nos estamos refiriendo. En tal sentido nos marca que no hay consumo si no desnaturalizamos la pobreza. La pobreza de alimentos la produce el hombre, no forma parte de la naturaleza. La escasez del alimento vital como el agua en Santa Fe para casi el 40 por ciento de la población es agudizada por nosotros, los actores de la comunidad por naturalización o por indiferencia. A mayor distanciamiento de la problemática, más nos ajenizamos. La indiferencia ante semejante problema ambiental y de salud se entiende a partir de una gran distancia subjetiva de todos nosotros respecto a los que padecen escasez. A su vez, los pobres de agua también han sufrido un proceso de acostumbramiento. Se ha normalizado que en parte de las 362 localidades de nuestra provincia muchos ciudadanos no tengan agua libre de arsénico, nitratos, flúor, hierro y manganeso. Debemos ser intolerantes con el arsénico y también con los nitratos, flúor, hierro y manganeso. Esa es nuestra confrontación.
Estamos en 1637, René Descartes confronta con los dogmas y los grandes interrogantes hacen luz. Preguntar sobre lo normalizado y no dar nada por cierto es el legado de la razón cartesiana. El sujeto se pregunta y no es preguntado. El sujeto habla y no es hablado. Nacía la autonomía y la subjetividad moderna. La razón de Descartes será objeto de crítica, pero no de olvido. Es el pensamiento puesto irreverentemente bajo sospecha. Es la rebelión plebeya de la modernidad. René se encuentra inquieto, no presencia la tormenta, él es la tormenta. Su cerebro está virtiendo en su "Discurso del Método" el cuestionamiento a lo habitual. Se cumplen 364 años de esta magna obra. Descartes emanaba luz y calor: la ruptura epistemológica de lo naturalizado se había producido.
Ninguno de estos tres grandes pensadores nos permitirían tomar como normal que no haya agua apta para el consumo para muchos ciudadanos en una de las provincias más importante del país. Es insoportable la paradoja: hay agua para muchas actividades pero no para los seres humanos.
El 28 de julio se cumplió el primer aniversario de la declaración que el derecho al Agua y al Saneamiento sean un Derecho Humano Esencial por la ONU. Es un gran avance, pero representa una gran interpelación a los santafesinos: ¿cómo se entiende una provincia tan rica económicamente y tan pobre en acceso al agua potable? La radiografía de la escasez no está dada por la ausencia del bien natural agua, sino por dos cuestiones: las aguas de napas en la zona oeste y centro, entre otras, presentan arsénico, manganeso, hierro y flúor, etcétera; y la falta de recursos económicos. La mejor agua cruda es la del Paraná, pero ello requiere de 12 acueductos, de los cuales está funcionando el Centro, inaugurado en 2010. Cubre las necesidades de 70 mil habitantes de 12 localidades. La realización de los 11 acueductos implica una inversión aproximada de 1.500 millones de dólares y llevaría entre 20 a 30 años. Es un tiempo infinito y la salud no puede esperar.
El anteproyecto de la Nueva Ley de Aguas para la provincia es un avance, pero falta. Derogar la vetusta ley 11.220 es romper con el antiguo esquema de la errática privatización de este bien. Establecer que el acceso al agua es un derecho humano es muy positivo. Igualmente lo es que la gestión sea estatal y el consumo medido. Resulta equitativa la tarifa zonificada que se plantea. Se rompe con la tarifa plana de otrora. El que tiene un nivel económico importante abona más que los sectores desposeídos. Que para el fondo de obras de expansión se establezcan cargos tanto a los que usan el agua como insumo industrial y rural resulta ser un progreso al igual que la exigencia sobre la calidad del agua. Lo mismo podemos decir de la institucionalización de las audiencias públicas.
Es negativo el planteo de la disolución del Enress y convertirlo en un órgano meramente de control. La mejor doctrina jurídica y sociológica de los servicios públicos plantea la necesariedad de un órgano autónomo del Ejecutivo, y que sea de control y regulación. Para proteger mejor a los ciudadanos frente a la empresa y al estado. Las audiencias públicas deberían ser vinculantes en temáticas restringidas y se deberían elegir representantes de los usuarios tanto para el directorio de la empresa como también para el ente regulador. Hay que derogar definitivamente toda reducción del agua para los residenciales por falta de pago. La empresa tiene otros medios para cobrar, sin caer en la vulneración de un derecho humano esencial.
Estamos ante un problema que no podemos soslayar y nos abarca a todos: al Estado en todos sus niveles y a los actores de la sociedad civil (las universidades, partidos políticos, ongs, entidades intermedias etc.). Tenemos que buscar la unidad en la diversidad para confrontar la escasez social del agua. Debemos querer y desear un Pacto Provincial del Agua para todos. Un pacto ambiental, social y político fundante que rompa con la cultura de acostumbrarnos al escándalo sanitario del siglo XXI, que es el que haya argentinos que no puedan acceder al principal de los alimentos: el agua. Heidegger planteaba que se tomaba conciencia de la esencia a partir de su ausencia. Nosotros, ¿necesitamos más ausencia del agua para tomar conciencia? La ignominia contestaría que no.
(*) Profesor de la cátedra del agua (UNR) |
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